Una respuesta filosófica y cristiana al problema del sufrimiento
Por: Henry Guerrero Ramírez.
El mal es una realidad que todos experimentamos de diferentes formas: violencia, injusticia, corrupción, sufrimiento, etc. Resulta razonable preguntarse por qué ocurre el mal. ¿Por qué tantos hechos dolorosos que parecen incomprensibles? El cuestionamiento se dirige de inmediato hacia Dios en busca de respuestas. Desde hace mucho tiempo se ha estudiado el problema del mal, el cual intenta explicar cómo puede existir el mal en un mundo creado por un Dios bueno y todopoderoso.
Para los ateos, el mal es una razón para negar la existencia de Dios. En cambio, para los teístas, el mal no contradice su existencia.
¿Si Dios es bueno y todopoderoso, por qué existe el mal? ¿Por qué las personas buenas también sufren? ¿Tiene algún sentido el sufrimiento en los niños?
En el presente artículo abordaremos el problema del mal respondiendo a estas y otras cuestiones desde una perspectiva teísta-cristiana, atendiendo los tópicos académicos y considerando el aspecto espiritual para dar mayor profundidad a un tema tan sensible y complejo.
Para desarrollar el tema, partimos de la argumentación atribuida a Epicuro de Samos (341 a.C – 270 a.C.), lo que se conoce como la paradoja de Epicuro, difundida por Lucio Cecilio Firmiano Lactancio (245 d.C. – 325 d.C.), que en un lenguaje filosófico contemporáneo se formula de la siguiente manera:
“O bien Dios quiere eliminar los males y no puede, o bien puede y no quiere, o bien ni puede ni quiere, o bien quiere y puede; si quiere y no puede, entonces no es omnipotente, lo que no puede acontecer en Dios; si puede y no quiere, entonces no es bueno, lo que también es ajeno a Dios; si ni quiere ni puede, entonces no es bueno ni omnipotente, y, por lo tanto, no es Dios. Si quiere y puede, que es lo único apropiado para Dios, ¿de dónde proceden, entonces, los males? ¿por qué no los ha eliminado?” (1).
Dicho de otro modo:
Si Dios quiere acabar con el mal, pero no puede, entonces no es omnipotente, por lo tanto, no es Dios.
Si Dios puede acabar con el mal, pero no quiere, entonces no es bueno, por lo tanto, no es Dios.
Si Dios no quiere y no puede acabar con el mal, entonces no es bueno ni todopoderoso, por lo tanto, no es Dios.
Si Dios quiere y puede acabar el mal, por lo tanto, es bueno y todopoderoso, pero entonces ¿de dónde procede el mal y por qué no lo elimina?
Con base en la paradoja de Epicuro, se establece un silogismo ateísta en contra de la existencia de Dios de la siguiente manera:
Primero partimos de las tres proposiciones que el teísmo acepta como verdaderas (conjunto A):
- Dios es completamente bueno (omnibenevolente)
- Dios es omnipotente
- El mal existe
Luego tenemos que:
• Si existe un Dios omnibenevolente y omnipotente, no habría mal en el mundo.
• Pero hay mal en el mundo.
• Por lo tanto, no existe un Dios omnibenevolente y omnipotente.
A esta formulación aparentemente coherente se le conoce como problema lógico o deductivo del mal, el cual busca establecer una incompatibilidad lógica entre la existencia de un Dios omnibenevolente y omnipotente con la existencia del mal. Sin embargo, la perspectiva teísta-cristiana, a través de argumentos razonables, defiende que sí es posible compatibilizar la existencia de Dios con el mal.
¿Cómo entendemos el mal?
Podemos abordar el mal desde tres enfoques:
- Mal ontológico: Existencia del mal como ser en sí mismo.
- Mal moral: Acciones del hombre en contra de los valores morales.
- Mal existencial o natural: Situaciones de sufrimiento.
Razonamiento del mal ontológico
La ontología estudia qué cosas existen realmente. ¿Existe realmente el mal? Aunque el mal se manifiesta de diferentes formas, no tiene existencia propia, no tiene ser en sí mismo. Porque como afirma Santo Tomás de Aquino, “el mal es la ausencia del bien que debe poseerse” (2, p. 481). Por ejemplo, ¿la oscuridad existe? En realidad, la oscuridad es la ausencia de luz, solo experimentamos la oscuridad a medida que disminuye la presencia de luz. El silencio es la ausencia de ondas sonoras. Igualmente, un orificio de un cuerpo material no es más que una parte faltante o ausente de ese cuerpo, pero no tiene existencia propia.
Entonces el mal es la experimentación de la ausencia o privación de aquel bien que debería estar presente. Es decir, el mal ocurre cuando algo “no es” como “debería ser”. Si hay enfermedad en vez de salud, si hay odio en vez de amor; eso es el mal. Siguiendo el pensamiento de Santo Tomás de Aquino, es a partir del bien creado por Dios, que de manera indirecta o accidental puede ocurrir o darse el mal, como producto de una deficiencia o privación de ese bien (2, p. 481-482)).
Como todo lo creado por Dios es bueno por naturaleza, “y vio Dios cuanto había hecho, y todo estaba muy bien” (Génesis 1, 31), es Dios el dador del ser, por tanto, no se le puede atribuir el mal, el cual es un “no ser”, es decir, no existe en sí mismo.
Dicho esto, se puede sostener que el mal es una razón para afirmar la existencia de Dios, ¿por qué? tal como lo plantea Santo Tomás de Aquino: “Si el mal existe, Dios existe. Pues no existiría el mal una vez quitado el orden del bien, del cual el mal es privación. Pero este orden no existiría si no existiera Dios” (3). Esto es así debido a que decimos que algo es malo porque previamente reconocemos que existe un bien, pero todo bien deriva su existencia del Sumo Bien, el cual es Dios. Podemos decir que como la plenitud del bien es Dios, por tanto, el mal es la ausencia de Dios.
Entonces, desde un razonamiento ontológico el mal no tiene existencia propia en sí mismo. Todos los males que vemos son producto de una privación o ausencia de un bien creado por Dios. Por tanto, el mal ontológico no refuta la existencia de Dios. Pero una vez que ocurre el mal, será necesario analizar por qué sucede, empezando por aquel que es producto de la libre acción del hombre.
Razonamiento del mal moral
El mal moral se origina cuando el hombre actúa libremente contra un bien moral. Por ejemplo, acciones moralmente reprobables como corrupción, estafas o robos derivan de la falta de honradez. Es decir, son el resultado de decisiones voluntarias que se apartan del bien debido. Desde una perspectiva cristiana, estas acciones se conocen como pecados. Cada vez que ocurren este tipo de males, algunas personas encuentran motivos para cuestionar o negar la existencia de Dios. Es evidente el mal que causa el hombre, pero ¿cómo Dios puede permitirlo? ¿Un Dios omnibenevolente y omnipotente podría evitar este tipo de mal? ¿Es razonable que eso ocurra? Analicemos por qué el mal moral no contradice la existencia de Dios.
Primero recordemos que el problema lógico del mal establece que hay una incompatibilidad lógica del conjunto A formado por las proposiciones: Dios es omnibenevolente, Dios es omnipotente y el mal existe.
Y uno de los filósofos que más profundiza el problema lógico del mal en su obra Evil and Omnipotence, es el australiano John Leslie Mackie, quien sostiene que, “parece haber cierta contradicción entre estas tres proposiciones, de modo que, si dos de ellas fueran verdaderas, la tercera sería falsa” (4, p. 200).
Pero Mackie reconoce que la inconsistencia o contradicción no es evidente, es decir, no hay contradicción explícita entre las tres proposiciones (conjunto A); ninguna de ellas es la negación de la otra. Sin embargo, deducirá dos proposiciones adicionales (o reglas cuasilógicas), a partir del conjunto A, para intentar probar la inconsistencia. Afirma Mackie que “un bien siempre elimina el mal en la medida de lo posible, y no hay límites a lo que un bien omnipotente puede hacer. De esto se deduce que un bien omnipotente elimina el mal por completo, y entonces las proposiciones de que un bien omnipotente existe y de que el mal existe son incompatibles” (4, p. 201).
Ahora, aunque Mackie habla del mal en general, formula una interrogante que cuestiona a Dios frente al mal moral: “si Dios creó a los hombres de tal manera que, en sus elecciones libres, a veces prefieren el bien y a veces el mal, ¿por qué no pudo crear a los hombres de tal manera que siempre eligieran libremente el bien? (…) Claramente, su incapacidad para aprovechar esta posibilidad es incompatible con su omnipotencia y su bondad absoluta.” (4, p. 209).
¿Acaso Mackie está cuestionando a Dios porque debería controlar la voluntad de los hombres para que siempre actúen bien? Aunque parezca increíble, así lo sostiene: “Dios ha hecho a los hombres tan libres que no puede controlar sus voluntades” (4, p. 210).
Una respuesta destacada fue desarrollada por el reconocido filósofo analítico estadounidense Alvin Carl Plantinga, en su obra God, Freedom and Evil, donde plantea su defensa del libre albedrío, tomando como referencia a San Agustín de Hipona.
Primero hay que precisar que Plantinga no pretende decir cuál es la razón específica de Dios para permitir el mal, lo que se conoce como teodicea. Más bien propone que Dios podría tener una buena razón para permitir el mal, lo que se conoce como defensa, demostrando así que el planteamiento de Mackie está errado, pues no logra probar la inconsistencia del conjunto A.
El razonamiento del problema lógico del mal es que, si se cumple que Dios es omnibenevolente y omnipotente, entonces necesariamente Dios debería eliminar el mal; sin embargo, dicha argumentación se puede refutar mostrando que es lógicamente posible que Dios tenga alguna buena razón para permitir el mal. La pretensión de Mackie es que sus dos nuevas premisas agregadas al conjunto A harían que este conjunto sea implícitamente contradictorio; pero para ello, dichas premisas tienen que ser necesariamente verdaderas. Sin embargo, si se demuestra que no lo son, es decir, si hay algún escenario posible donde no se cumplen, se cae el razonamiento ateísta.
Entonces Plantinga desarrolla su defensa del libre albedrío. Para empezar, respecto de la premisa “no hay límites a lo que un bien omnipotente puede hacer”, sostiene que “los teólogos y filósofos teístas admiten que ni siquiera un Ser omnipotente puede generar estados de cosas lógicamente imposibles ni hacer que proposiciones necesariamente falsas sean verdaderas” (5, p. 17). Es decir, que Dios sea omnipotente no significa que su poder incluya realizar absurdos lógicos como un círculo cuadrado o que un casado sea soltero. Dios no puede crear cosas que sean incoherentes y contradictorias. Y ello no afecta en nada su omnipotencia porque Dios siempre actúa con racionalidad.
En este sentido, crear criaturas que sean significativamente libres respecto de acciones moralmente relevantes y garantizar al mismo tiempo que nunca obren mal constituye una imposibilidad lógica. Un hombre es libre si voluntariamente puede elegir obrar bien o mal; pero si está determinado a hacer únicamente el bien, entonces realmente no es un hombre libre. Por lo tanto, la afirmación de que un Ser omnipotente no tiene límites a lo que puede hacer no es necesariamente verdadera, pues la omnipotencia de Dios no incluye la capacidad de realizar lo lógicamente imposible.
Por otro lado, respecto de la proposición, “un bien siempre elimina el mal en la medida de lo posible”, Plantinga la reformula para hacer un análisis más riguroso: “si Dios es omnisciente y omnipotente, entonces puede eliminar adecuadamente todo estado malo de cosas” (5, p. 22). Eliminar adecuadamente un estado de cosas malo significa eliminar dicho estado, pero sin suprimir un bien mayor ni causar un mal peor. Sin embargo, hay escenarios donde esto no se cumple, como él mismo indica, “supongamos que un estado de cosas bueno G incluye un estado de cosas malo E que supera. Entonces ni siquiera un Ser omnipotente podría eliminar E sin eliminar G” (5, p. 22). Esto se puede entender cuando vemos que hay estados de cosas buenos como la caridad, el perdón y la valentía que surgen porque hay estados de cosas malos que están ocurriendo, como la indigencia, la traición y las tragedias, respectivamente. Si Dios debe eliminar todos esos estados de cosas malos, eso implica eliminar todos esos estados de cosas buenos. No tendría sentido hablar de perdón si no hay nada qué perdonar. Entonces no es necesariamente verdad que Dios puede eliminar todo estado de cosas malo adecuadamente.
Por lo tanto, “es posible que Dios tenga una buena razón para crear un mundo que contenga el mal” (5, p. 31). Una posible razón sería la creación de un mundo donde haya hombres que sean significativamente libres para realizar acciones moralmente significativas. Es decir, que puedan decidir libremente realizar o no una acción específica que tenga implicancias morales. En efecto, “un mundo que contenga criaturas significativamente libres (y que realicen libremente más acciones buenas que malas) es más valioso en igualdad de condiciones, que un mundo sin criaturas libres en absoluto” (5, p. 30).
Así se demuestra que Mackie no tiene razones para afirmar que el conjunto A es inconsistente. Además, “el hecho de que las criaturas libres a veces se equivoquen, sin embargo, no va en contra de la omnipotencia de Dios ni de su bondad; pues Él solo podría haber prevenido la ocurrencia del mal moral eliminando la posibilidad del bien moral” (5, p. 30). Es decir, Dios podría eliminar los males morales, únicamente eliminando la posibilidad de que haya hombres significativamente libres que realicen acciones moralmente significativas.
Ahora, como es lógicamente posible sostener que puede haber hombres con libertad significativa que siempre eligen el bien (la idea en sí misma no es contradictoria), podría pensarse que existen mundos posibles donde solo hay bien moral y no mal moral y que, por tanto, como Dios es omnipotente, podría crear ese y cualquier otro mundo posible. Pero esa es una conclusión errada. Dios crea a los hombres con libertad significativa, pero no puede determinarlos ni asegurar que siempre elijan bien, porque si lo hace, esos hombres ya no serían significativamente libres. Ya hemos dicho que eso es una imposibilidad lógica. Además, profundizando en la cuestión, se puede decir que es posible que todos los hombres con libertad significativa fallen al menos una vez en todo mundo que Dios pueda crear, y con ello ocurra el mal moral. A esa posible propiedad o condición de los hombres antes mencionada, Plantinga le denomina “depravación transmundana”. Y si esto es así, entonces “es posible que Dios no haya podido crear un mundo que contuviera el bien moral pero no el mal moral” (5, p. 53). Y de nuevo, eso no implica falta de omnipotencia, porque Dios crea a los hombres libres y solo podría eliminar el mal moral eliminando la libertad significativa de los hombres
Debido a que Plantinga desarrolla una respuesta contundente, es el mismo Mackie quien reconoce que el problema lógico del mal ha quedado resuelto, sosteniendo que, “el problema del mal no demuestra, después de todo, que las doctrinas centrales del teísmo sean lógicamente inconsistentes entre sí” (6).
A pesar de ello, evidentemente por desconocimiento, hasta hoy se sigue usando el argumento lógico del mal para intentar contradecir la existencia de Dios, pero hay que reafirmar que dicho argumento está refutado.
Dicho esto, está claro que la respuesta de Plantinga es proponer una defensa, lo cual es suficiente para demostrar que Mackie estaba equivocado. Pero siguiendo el teísmo clásico se puede sostener que la razón de Dios para permitir el mal moral es el libre albedrío que le ha dado a los hombres.
Como bien dice San Agustín, “poseemos el libre albedrío de la voluntad, y de él nos viene la facultad de pecar” (7, lib. II). Como todo lo que procede de Dios es bueno, el libre albedrío es un bien dado por Dios a los hombres. Cuando el hombre no hace uso racional de su libre albedrío para obrar rectamente, entonces realiza el mal. Pero ¿qué impulsa al hombre a obrar mal? San Agustín dice que “toda acción mala no es mala por otra causa sino porque se realiza bajo el influjo de la pasión, o sea, de un deseo reprobable” (7, lib. I). Ese deseo desordenado es lo que se conoce como concupiscencia, producto del pecado original, que lleva al hombre a desear lo placentero y temporal por encima de los bienes eternos. Pero actuando rectamente asistidos por la Gracia de Dios, se pueden dominar esos deseos.
En ese sentido, siempre un mundo donde haya hombres con libre albedrío, aunque algunos lo usen indebidamente, es decir, hagan el mal, será mejor que un mundo con hombres sin libre albedrío.
Ahora, Dios no necesitó de la existencia de los hombres para ser Dios, los creó por amor, para compartir su infinita bondad. Pero qué sentido tendría crearlos si ellos no pueden decidir libremente tener una relación de amor con Él. Igualmente, en la relación entre personas, cómo podríamos decir que hay amor verdadero si no se pueden tomar decisiones libres. En otras palabras, si una persona puede elegir no amar, pero elige amar, eso es amor verdadero. Es decir, tuvo la opción de obrar mal, pero decidió voluntariamente hacer el bien. Pero si no tengo la posibilidad para elegir, y mi única alternativa es amar, no tendría ningún valor ese acto, sin libre albedrío, sería un acto mecanizado o forzado, no sería amor. Seríamos seres automatizados sin voluntad, pero de ser así, no tendría ningún sentido. Dios solo hubiese necesitado crear objetos que obedezcan órdenes.
Pero Dios ha creado libremente al hombre a su imagen y semejanza, dándole la capacidad de poder establecer una relación de amor con Él y que le permita amar de verdad al prójimo. Es precisamente el amor la virtud más importante de una persona porque quien ama no daña, quien ama no hace el mal. Como dice San Agustín: “Ama y haz lo que quieras: Si callas, calla por amor; si gritas, grita por amor; si corriges, corrige por amor; si perdonas, perdona por amor.” (8).
Ahora, tal vez alguien se pregunte, ¿y si Dios les da libertad a los hombres, pero solo interviene cuando están a punto de obrar mal? En la práctica no habría hombres con libertad. Siguiendo la lógica de Clive Staples Lewis en El Problema del Dolor, imaginemos una situación donde una persona está a punto de ser asaltada por un ladrón. ¿Qué tiene que hacer Dios para evitar que ocurra ese mal? Si el ladrón tiene un arma, hacer que el arma no funcione, pero aún el ladrón puede utilizar su fuerza, en ese caso haría que disminuyan sus fuerzas, pero el ladrón buscaría la forma de asaltar a la persona, entonces tendría que impedirlo al punto de inmovilizar al ladrón, pero ni siquiera eso acabaría con el mal, porque el ladrón ya pensó en asaltar a la persona, voluntariamente ha deseado y decidido hacer el mal (9, p.24). Por tanto, para evitar el mal, Dios debe crear personas libres sin voluntad, lo cual es un absurdo. Esa sería una situación donde el hombre no podría amar de verdad y no tiene libertad.
Entonces vemos que Dios permite el mal moral porque ha creado hombres racionales, que libremente sean capaces de tomar decisiones, de amar y tener una relación de amor con Él. Dios sabe que, creando hombres con libre albedrío, estos pueden ejercer indebidamente su libertad obrando mal, pero solo un hombre con libertad puede amar de verdad.
Antes de culminar esta parte del artículo, y debido a que es frecuente escuchar que el libre albedrío no es Bíblico, cito el texto que lo dice literalmente: “Él fue quien al principio hizo al hombre, y le dejó en manos de su propio albedrío” (Eclesiástico 15, 14).
Por lo tanto, se demuestra que el mal moral, como asesinatos, robos, violencia, corrupción, etc., es producto de la libre decisión de las personas que, pudiendo elegir amar, eligen no amar, pero esa no es razón para negar la existencia de Dios. En consecuencia, el mal moral, que es un tipo de mal, no contradice en nada la omnipotencia ni la omnibenevolencia de Dios. Dicho esto, aún queda abordar un tipo de mal que no está relacionado directamente con la libertad del hombre, ese es el mal existencial o natural.
Razonamiento del mal existencial o natural
El mal existencial o natural comprende el sufrimiento físico, emocional o espiritual que padece el hombre de forma consciente, además del sufrimiento animal. Gran parte del sufrimiento es producto del mal moral, muchas personas sufren debido a la acción directa del hombre, incluido la que uno mismo se ocasiona por malos hábitos o acciones de riesgo contra su vida, y también los que causan maltrato animal. Otra parte es por enfermedades, muerte y eventos trágicos que se producen de forma natural. De esto último trataremos en el presente segmento.
El sufrimiento es el tipo de mal que más usa el ateísmo para argumentar en contra de la existencia de Dios, debido a la fuerte carga emocional que conlleva. Sin embargo, el teísmo cristiano responde clara y contundentemente desde la experiencia vivencial. Porque es Jesucristo quien experimentó el dolor y sufrimiento de toda la humanidad, por eso solo en Él encontramos la respuesta.
Una forma de plantear este tipo de mal es a través de lo que se conoce como argumento evidencial del mal. Lo formula el filósofo estadounidense William Leonard Rowe en su artículo The Problem of Evil and Some Varieties of Atheism y en publicaciones posteriores, quien inicialmente manifiesta que la evidencia de ciertos males intensos (gratuitos) injustificables hacen más razonable creer que Dios no existe.
El planteamiento clásico de Rowe sobre el mal evidencial es el siguiente (10):
- Existen casos de sufrimiento intenso que un ser omnipotente y omnisciente podría haber evitado sin perder por ello un bien mayor ni permitir un mal igualmente malo o peor.
- Un ser omnisciente y completamente bueno evitaría cualquier sufrimiento intenso que pudiera, a menos que no pudiera hacerlo sin perder por ello un bien mayor ni permitir un mal igualmente malo o peor.
- No existe un ser omnipotente, omnisciente y completamente bueno.
El cuestionamiento que se hace es que Dios hubiese impedido que ocurran esos males sin perder otros bienes mayores o sin permitir mayores males, pero como vemos que ocurren, entonces es razonable creer que Dios no existe. Sin embargo, este planteamiento asume que no hay bienes que justifiquen dichos males. ¿Conocemos todos los bienes que existen en la realidad?, ¿cómo saber exactamente que un mal intenso no está conectado con un bien mayor?, ¿ese bien debe ocurrir inmediatamente, en qué plazo y en qué medida? Son preguntas muy complejas de responder como para afirmar que no hay ningún bien que lo justifique.
Luego Rowe reformula su argumento inicial y lo plantea de forma probabilística para concluir que dado los casos de sufrimiento intenso, horrendo o gratuito es más probable que no exista un Dios omnisciente, omnipotente y completamente bueno. Pero esta conclusión es muy problemática. Eso lo deja bien establecido el filósofo analítico estadounidense Michael Abram Bergmann en su obra Skeptical Theism and Rowe’s New Evidential Argument from Evil, quien con su teísmo escéptico logra bloquear el pensamiento de Rowe.
Debido a que Rowe recurre a la herramienta de probabilidad Bayesiana para fundamentar sus afirmaciones, sintetizamos la compleja respuesta de Bergmann a Rowe de la siguiente manera:
Rowe plantea que: “(E1 es el caso de un cervatillo atrapado en un incendio forestal que sufre varios días de terrible agonía antes de morir. E2 es el caso de la violación, paliza y asesinato por estrangulamiento de una niña de cinco años).
P: Ningún bien que conozcamos justifica que un ser omnipotente, omnisciente y perfectamente bueno permita E1 y E2;
por lo tanto [es probable que],
Q: ningún bien en absoluto justifica que un ser omnipotente, omnisciente y perfectamente bueno permita E1 y E2;
por lo tanto [es probable que],
no-G: no existe un ser omnipotente, omnisciente y perfectamente bueno». (Rowe, citado en Bergmann, 11, p. 278)
Dice Bergmann, “el argumento original de Rowe procedía pasando de P a Q y luego de Q a no-G. Con su nuevo argumento, intenta pasar directamente de P a no-G” (11, p. 279). Es decir, Rowe inicialmente sostenía que a partir de los bienes que conocemos, podemos afirmar que es probable que tengamos conocimiento de todos los bienes existentes y que ninguno de ellos justifica que Dios permita algún mal intenso, pero como estos males ocurren, es probable que Dios no exista; sin embargo, no da ninguna prueba de lo que afirma, por el contrario, Bergmann responde con una de sus tesis de su teísmo escéptico, “no tenemos ninguna buena razón para pensar que los posibles bienes que conocemos son representativos de los posibles bienes que existen” (11, pag. 279). Y ello es entendible porque las personas tenemos conocimiento limitado sobre la realidad, ¿cómo podríamos saber todas las razones de Dios para permitir el sufrimiento intenso? Si no tenemos ese conocimiento, no podemos afirmar que conocemos todas las razones de Dios. Como es difícil de probar que se puede tener todo ese conocimiento, el mismo Rowe lo reconoce y por eso abandona esa argumentación y luego sostiene que, dada la existencia de casos de sufrimiento intenso, la probabilidad de que existan esos males y no exista Dios, es mayor que la probabilidad de que existan esos males y exista Dios. Es decir, la ocurrencia de esos males intensos reduce tanto la probabilidad de la existencia de Dios, que la postura más sensata serÍa no creer en Dios. Sin embargo, aunque Bergmann reconoce que es verdad que el sufrimiento intenso reduce la probabilidad de la existencia de Dios, cuestiona a Rowe porque no puede probar que la probabilidad de que exista mal gratuito si Dios existe es baja. Es decir, no solo basta decir que la ocurrencia de un mal intenso reduce la probabilidad de Dios, sino que debe probar que esa reducción es significativa. Pero cómo podría demostrarlo si el conocimiento que se tiene de la realidad es limitado. Rowe no puede asignar probabilidad baja a las razones de Dios de permitir los males horrendos porque esas razones van más allá de su conocimiento, por tanto, ante falta de argumentos, cae la postura ateísta evidencial del mal.
Habiendo abordado el mal evidencial y la respuesta del teísmo escéptico como defensa técnica argumentativa, ahora entremos al terreno de la teodicea, y empecemos, por ejemplo, con el caso que plantea Rowe sobre un cervatillo que sufre intensamente antes de morir y que no parece haber ningún bien mayor ni un mal igual o peor que impidan su sufrimiento, y que por tanto Dios pudo evitarlo. Pero, incluso en ese caso tan particular, podríamos intentar dar algunas probables respuestas. Luego del hecho ocurrido, un posible bien mayor sería que se instalen centros de rescate animal para impedir que ocurran más casos de sufrimiento como del cervatillo. Es grave lo que le ocurrió al animalito, pero ahora se tomará mayor responsabilidad moral para atender estos casos y así se evitarán situaciones iguales o peores.
Ahora bien, ante el sufrimiento que existe en el mundo, surge la pregunta de fondo, ¿Dios debería eliminar todo sufrimiento para probar su existencia? Imaginemos que un ateo condicione su fe en Dios a que sane a todos los niños enfermos del mundo, eso demostraría indudablemente su existencia, entonces Dios lo hace. Pero ¿el ateo creerá en Dios, cuando aún existen muchos males que son la razón de su ateísmo? Luego le pedirá a Dios que elimine la hambruna, la indigencia, el dolor, etc…y así hasta que no haya ningún mal. ¿Tiene esto sentido? En esta vida terrenal finita, donde desde la perspectiva cristiana, estamos de paso y seremos juzgados en el amor, no tiene sentido. ¿Por qué? Sin estos males, podrías amar aún, pero limitadamente, solo desde un punto de vista sentimental, pero no a profundidad. Amar a tu esposa cuando todo va bien, no tiene nada de extraordinario, pero cuando llega la enfermedad y las crisis, elegir amar es amor de verdad. Puedes amar a quien te hace el bien y te retribuye, pero ¿con quien te ofende y engaña? Ya no habría caridad, perdón, heroísmo, etc. Son precisamente estos males una oportunidad para demostrar amor de verdad.
Pero desde una perspectiva atea, todo el mal que acontece es producto del azar, el sufrimiento es inevitable, simplemente sucede y hay que afrontarlo de la mejor manera. Todos algún día moriremos y ese será el final. Pero si eso es cierto, ¿la vida tiene sentido? De ninguna manera.
En cambio, desde una perspectiva teísta-cristiana, el sentido de la vida es Dios, Él es el Creador y Dador de vida. Cuando el hombre logra encontrarse con Dios, ha descubierto el verdadero sentido de la vida. Por tanto, la muerte física no es el final, hay una vida eterna que nos espera. Y si bien existen eventos que causan sufrimiento, todo tiene un propósito y sentido. Dios tiene motivos razonables para permitir estos acontecimientos. No es que los necesite para actuar, pero una vez que ocurren, Dios nos enseña cómo puede convertir un mal en un mayor bien. Como dijo San Agustín, “pues Dios omnipotente siendo sumamente bueno, no permitiría en modo alguno que existiese algún mal en sus obras si no fuera de tal modo bueno y poderoso que pudiese sacar bien del mismo mal” (12).
Razones de por qué Dios permite el mal
Ante situaciones de sufrimiento y dolor, cuando se reflexiona el porqué de las cosas, se buscan respuestas que ayuden a comprender mejor el problema que se afronta. A continuación, se explican algunas razones de por qué Dios permite el mal (teodiceas), pero teniendo en cuenta, tal como afirma el filósofo argentino Agustín Echavarría Anavitarte, «hay un aspecto de misterio que supera a la razón humana en la cuestión del mal» (13).
- Crecer en la fe y desarrollar virtudes
Como muy bien sostiene el destacado apologista católico peruano Dante Abelardo Urbina Padilla, “el sufrimiento puede servir para perfeccionar moralmente a la criatura de tal modo que alcance su fin último: (…) la felicidad eterna en unión con Dios” (14, p. 190). Dios nunca deja de amarnos, pero si estamos llenos de mentira, soberbia, odio y otras conductas erradas, cómo podríamos pensar tener una vida de plena comunión con Él.
Dios puede permitir que experimentemos sufrimiento para que nos ayude a reflexionar sobre qué necesitamos cambiar y mejorar en nuestras vidas. Así Dios nos perfecciona moralmente y de ese mal se puede obtener un bien mayor.
Las personas que han desarrollado un nivel espiritual elevado ven el sufrimiento como una oportunidad para seguir creciendo en virtudes como, la humildad, paciencia, fortaleza de espíritu, caridad, y además lo toman como una ocasión para mostrar un amor verdadero y fiel a Dios. Y son precisamente estas personas las que demuestran más amor al prójimo y fe en Dios. Tengamos presente que: “Considerad, hermanos míos, una gran alegría el estar rodeados de toda clase de pruebas, sabiendo que nuestra fe probada produce la paciencia. Pero la paciencia tiene que ejercitarse hasta el final, para que seáis perfectos e íntegros, sin defecto alguno” (Santiago 1: 2-4).
El punto está en cómo asumimos nuestra situación, ¿nos ganará el miedo, la soberbia o más bien lo aceptamos con humildad unidos a Dios?
Pero a veces surge la pregunta, ¿hasta cuándo? Cuidado, no se trata de una cuestión de tiempo, pensar que ha pasado lo necesario como para creer que ya es suficiente, es una manera errada de enfocar la situación. Llegará ese momento que entendamos que todo tuvo sentido, que fue un camino difícil, pero necesario de recorrer, que definitivamente aprendimos y cambiamos.
Entonces, cuando dejamos de lado el cuestionamiento o rechazo, y nos enfocamos en una búsqueda humilde de una respuesta que nos lleve a un cambio real de nuestra vida, empezaremos a comprender el propósito de todo y llevaremos una vida con virtudes que nos acerque más a Dios y podamos vivirla plenamente feliz y en comunión con Él.
- Regresar a una vida de plenitud
En palabras de Urbina, “el sufrimiento puede servir para persuadir a ciertas criaturas de que se están alejando de su fin último” (14, p. 191).
Dios es el verdadero y único sentido de la vida del hombre, y cuando éste emprende la búsqueda sincera y humilde de conocer a Dios, Él se revela y es entonces cuando el hombre logra encontrar el sentido de su existencia. Solo en y con Dios, el hombre puede tener una vida en plenitud.
Es muy común ver personas que dicen creer en Dios, pero llevan una vida a su manera, con sus propios criterios y formas de pensar, que en la práctica actúan como si Dios no estuviese presente o no fuera primordial en sus vidas. Mientras lleven una vida cómoda, que todo lo puedan manejar y solucionar a su modo, solo acudirán a Dios cuando sea necesario. Igualmente puede ocurrir con las personas que caen en la rutina o el ritualismo. Podemos hacer alguna obra de caridad, pero todo sigue igual, lo hacemos por simple cumplimiento, porque está bien, pero no porque estemos convencidos de que necesitamos de Dios. Y en ese caso, como precisa un amigo de Lewis, citado en El Problema del Dolor: “Consideramos a Dios como el aviador considera el paracaídas. Lo tiene ahí para casos de emergencia, pero no espera usarlo nunca” (9, p. 62). En cualquier caso, el gran riesgo es que cada vez nos alejemos de Dios. Entonces, Dios en su infinito amor y sabiduría, actúa y permite que se afecte esa felicidad intrascendente y todo aquello que nos lleve a tener una vida de apariencias. Si eso implica que tengamos que experimentar el sufrimiento, será lo mejor para lograr un mayor bien. Solo habremos regresado a Dios cuando realmente nos reconozcamos necesitados de Él.
- Para pagar el mal con el bien
Es razonable pensar que ciertas acciones morales se producen cada vez que se presentan algunos males. Cómo podríamos perdonar si no hay traición, engaño, mentira; cómo podríamos tener caridad si no hay sufrimiento, dolor, indigencia. La presencia de estos males se convierte en ocasión para expresar amor al prójimo y así contribuir a la obra de Misericordia de Dios. Entonces, cada vez que nos enfrentemos al mal, debemos tener presente que, “no te dejes vencer por el mal; al contrario, vence el mal con el bien (Romanos 12: 21)”.
Y además como bien plantea Urbina: “Dios no va a resolver las injusticias y miserias del mundo con un solo milagro: Él quiere nuestra participación” (14, p. 193-194).
Es común escuchar cuestionamientos ateos como por qué Dios no hace nada por los que sufren, por qué no baja y hace algo ahora mismo. Sin embargo, Dios está actuando a través de los hombres, tocando y moviendo corazones para despertar amor al prójimo. Porque la persona que realmente vive en comunión con Dios, lo glorificará con su vida, demostrando con sus acciones de amor, cómo Dios actúa a través de él.
- Experimentar el Amor de Jesucristo
Jesucristo sufrió y padeció hasta el extremo de entregar su vida por los hombres. Su muerte redimió a toda la humanidad y su Resurrección nos asegura la victoria sobre el mal. Una vez más vemos cómo de un mal, la muerte, se puede obtener un bien mayor, la salvación. Es Jesucristo que, desde la experiencia práctica del sufrimiento, nos acompaña y nos demuestra su amor infinito, como bien se dice, «por haber sido puesto a prueba en los padecimientos, es capaz de ayudar a los que también son sometidos a prueba” (Hebreos 2: 18).
Ciertamente el sufrimiento no es agradable, sin embargo, puede convertirse en la ocasión para vivir la maravillosa experiencia del amor de Jesucristo, para descubrir su existencia. Ya lo dijo el Señor: “Vengan a mí todos los fatigados y agobiados, y Yo los aliviaré. Llevad mi yugo sobre vosotros y aprended de mí que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas” (Mateo 11, 28-29). Y no se trata solo de cargar nuestra cruz, sino de cómo la cargamos. La realidad nos demuestra con absoluta certeza que, todo corazón humilde y sincero llegará a experimentar el amor de Jesucristo, “Bienaventurados los limpios de corazón, porque verán a Dios” (Mateo 5,8) y ese es un tesoro que nada ni nadie nos puede arrebatar, mucho menos el sufrimiento.
Cuestionamientos comunes
¿Por qué Dios permite que a las personas que hacen el bien les vaya mal, en cambio a las que hacen el mal les vaya bien?
¿Cuál es el problema con esa forma de pensar? Imaginemos un mundo donde sea evidente que Dios automáticamente recompense cada acto bueno y castigue cada acto malo. ¿Haríamos el bien genuinamente, de forma incondicional o solo por conveniencia o miedo? Lo más seguro es que actuemos interesadamente o por miedo a no ser castigados, pero no habría amor real en nuestras acciones. ¿Verdaderamente confías y amas a Dios en todo momento o solo cuando las cosas van bien? Un amor genuino y verdadero es incondicional, y con más razón en los tiempos difíciles. Son esos momentos una gran ocasión para crecer más en nuestra fe y acercarnos más a Dios. Además, recordemos una gran promesa, “Dios ha prometido que no nos dejará ser tentados más de lo que podemos resistir, y que junto con la tentación nos dará la salida para poder soportarla (1 Corintios 10, 13).”
Las personas que obran mal, tarde o temprano, terminan mal. Aunque haya casos donde toda su vida la pasaron bien, rendirán cuentas a Dios y finalmente asumirán las consecuencias de sus actos.
Por qué tenemos que ver sufrimientos muy severos, en muchos casos pareciera que se trata de un castigo y no de un medio de conversión. ¿Es necesario llegar a ese punto?
Solo Dios sabe el porqué de cada situación, nosotros debemos recordar que no nos abandonará si acudimos a Él con humildad y sinceridad.
Ahora bien, si el hombre pasa por situaciones que son manejables, tolerables y donde su vida no está en riesgo, ¿le servirá para que reflexione acerca de un cambio en su vida? Probablemente no. A veces el hombre debe encontrarse en una situación límite donde clame a Dios por una oportunidad de vida. Claramente esta situación la vivimos en la pandemia del Covid-19, algunos que se vieron muy poco afectados, continúan con sus vidas como antes, sin ningún cambio trascendente. Pero aquellos que sí experimentaron un sufrimiento severo, ahora son personas que han logrado un cambio genuino en sus vidas, la valoran mucho más y por supuesto han reforzado su relación con Dios. ¿Fue necesario llegar a ese punto? Claro que sí, y valió totalmente la pena.
Por otro lado, es curioso ver que por lo general quien más cuestiona el sufrimiento a Dios, no es el creyente, sino el ateo. Cuando se ven casos de sufrimiento, el ateo no tarda en enrostrarle su creencia al creyente que lo está experimentando, exigiendo que Dios actúe inmediatamente para solucionar el problema. Pero, ¿no debería ser el creyente que está sufriendo quien tenga más motivos para cuestionar su fe? Sin embargo, estas personas son las que muestran más fortaleza y fe en Dios, en medio del dolor. Esto realmente supera cualquier explicación humana, lo cual solo tiene entendimiento en una realidad trascendente a lo material. Esa explicación solo tiene sentido en Dios.
¿Y por qué el sufrimiento en los niños?
Si bien el presente artículo no pretende dar respuesta a absolutamente todas las situaciones de sufrimiento debido a que escapa del conocimiento humano y solo puede ser explicado por Dios, sí podemos intentar ofrecer una manera de entender esta delicada situación.
Es una realidad que también los niños pasan por situaciones de sufrimiento de diferente tipo. Primero hay que entender que el ser humano es limitado y por ello está expuesto al mal. Debido a la naturaleza caída del hombre, este tiene una vida finita, experimenta el sufrimiento, las enfermedades y la muerte. ¿Por qué no debería ocurrir con los niños? ¿Para qué tiene que pasar con ellos?
La pregunta es ¿quiénes son los que más sufren cuando un niño pasa por estos eventos de sufrimiento? Es la familia y todas las personas que lo rodean. Los niños mientras menos edad tienen, menos conciencia tienen de lo que les sucede, el sufrimiento que padecen es más a un nivel de dolor físico. Más bien son todas las personas vinculadas al niño, quienes tienen un mayor grado de conciencia, las que padecen y viven fuertemente esta situación. Los padres darían su vida por no ver sufrir a sus hijos. Entonces, de nuevo, surge una situación de sufrimiento, esta vez no directamente en nosotros, pero sí en alguien que amamos, eso nos afecta y nos hace sufrir incluso mucho más que si nos ocurriera a nosotros mismos, y es a partir de ese momento que, Dios mediante, de un mal se puede obtener un mayor bien. Cuantas veces escuchamos decir: Tuvo que pasar esta situación dolorosa para que mi familia se reconcilie, para aprender a perdonar, para ser más desprendido y solidario, para valorar más mi vida, mi familia, para conocer a Dios, para reencontrarme con Él, sentir su amor y misericordia. Entonces nada ocurre sin ningún propósito, ni para el niño que sufre porque cuando tenga mayor conciencia también valorará todo lo sucedido, ni para las demás personas involucradas, que son las que principalmente tienen una oportunidad de conversión.
Pero tal vez surge el cuestionamiento, ¿y qué pasa si el niño muere?, ¿no sería un sufrimiento absurdo y una vida sin sentido? Efectivamente lo sería, pero desde una perspectiva atea, donde ese es el final y no hay más respuestas. En cambio, desde la perspectiva teísta-cristiana, la vida de toda persona tiene sentido en y con Dios. Cuando dejamos esta vida terrenal, por gracia de Dios, pasaremos a la vida eterna, porque “y el polvo vuelve a la tierra, como era, y el espíritu vuelve a Dios que lo dio” (Eclesiastés 12, 7). Aunque el niño ya no esté presente, tenemos la seguridad de que está en presencia de Dios. Durante su existencia física, ayudó a cambiar vidas, unir familias, conocer y fortalecer la fe en Dios. Y ahora regresa a Dios, para vivir a plenitud el sentido de su vida.
Entonces, hay motivos razonables de por qué Dios permite el sufrimiento, por lo tanto, el mal existencial o natural no refuta la existencia de Dios.
Reflexiones finales
Debido a que hay argumentos razonables para entender el porqué del mal, se concluye que no es incompatible la coexistencia de Dios y el mal. La existencia del mal no es argumento para negar la existencia de Dios, más bien, el mal es una razón para descubrir, entender y reconocer que Dios existe. Todo lo creado por Dios es bueno, el mal solo ocurre o se experimenta a partir de la privación o ausencia de un bien debido. Dios puede permitir el mal para evitar un mal mayor o para permitir un mayor bien, pero eso no quiere decir que necesariamente requiera de ese mal para actuar, sino que una vez que ese mal ocurre, Dios actúa sabiamente para demostrarnos su amor y misericordia. Así podemos madurar en nuestra fe, crecer en virtudes y llevar una vida de plena comunión con Dios.
Cuando el hombre en el transcurrir de su existencia descubre y reconoce a Dios como su creador, como aquel que le ha dado la vida, entonces entiende que Él es el sentido de su ser, así como dice San Agustín: “Nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti” (15).
Desde esa perspectiva, la respuesta teísta-cristiana sobre el problema del mal es coherente y razonable con la existencia de la vida. No hay sufrimiento absurdo ni vida sin sentido cuando todo lo vivimos en y con Jesucristo. Porque si de todos los males el mayor es la muerte, Jesucristo ha vencido a la muerte.
Una vez más, el mal en ninguna de sus manifestaciones puede refutar la existencia de Dios, más bien toda persona que experimenta el mal, tiene una ocasión para comprobar la existencia, el amor y la misericordia de Dios.
Referencias bibliográficas
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